• Miércoles, 20 Diciembre 2017
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¿Un implante cerebral para controlar los malos impulsos?

Suicidas, adictos, violadores… ¿Podrían dejar de serlo si un implante en sus cerebros controlara sus irreprimibles malos impulsos? Tal vez, sugiere un equipo de científicos de la Universidad de Stanford (Estados Unidos) que ha logrado reducir mediante electrodos los arrebatos que llevan a los ratones a atiborrarse de comida.

Estos investigadores han comprobado que las ondas delta del núcleo accumbens –un grupo de neuronas del encéfalo– de los roedores oscilan de forma significativa en los momentos precedentes a que se los premie con comida, y han sido capaces de usar la neuroestimulación mediante electrodos para detener esa oscilación que se convierte en un impulso irresistible de alimentarse hasta reventar.

Lo interesante es que en humanos se han detectado alteraciones similares en el núcleo accumbens relacionadas con la anticipación de la recompensa, lo que indica que, al igual que en los animales, la neuroestimulación podría llegar a utilizarse en tratamientos para controlar el apetito desordenado, e incluso trastornos mentales mucho más graves y peligrosos para quien los sufre y para otras personas.

Cuando el cerebro hace “clic”

Justo antes de un comportamiento impulsivo, el núcleo accumbens envía señales eléctricas que desatan ese acto incontrolado, dicen los científicos de Stanford. Esta región del encéfalo se relaciona con el placer, el miedo, la agresión y las adicciones, y forma parte del sistema de recompensa cerebral.

Los investigadores han descubierto que si se envía un impulso eléctrico al núcleo accumbens justo cuando este activa esa señal peligrosa, el comportamiento impulsivo de los ratones se detiene.

De poder aplicarse este método a los seres humanos, se abriría una puerta al control de trastornos de conducta en los que juega un papel clave el circuito de recompensa: la adicción a las drogas, el juego y el sexo, la alimentación desordenada, los ataques de ira y otros comportamientos autodestructivos o agresivos.

Casey Halpern, profesor de neurocirugía en Stanford y uno de los responsables del experimento, especula en declaraciones al periódico británico The Telegraph acerca de las posibles aplicaciones de esta investigación publicada en Proceedings of the National Academies of Sciences: “Imaginemos que pudiéramos predecir y prevenir suicidios, el trastorno por atracón o las explosiones incontroladas de ira.

Si no hay dispositivos de neuroestimulación para controlar estos malos impulsos es porque hasta ahora no se había identificado el modo en que el cerebro los dispara. Pero ahora hemos encontrado por vez primera un biomarcador del comportamiento compulsivo”.

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